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Memoria Castrada (sobre el documental “Alfaro Vive Carajo”, de Mauricio Samaniego)

Por Alejandro Burbano

El malestar que causa la memoria del pasado de un país puede ser opcional. El trabajo de contar la mayoría de los efectos actuales de un gobierno pasado, es también opcional, así como su consecuente incomodidad. El conocimiento “de” trae su equivalente ¿recompensa?: la desilusión de que lo mismo se repite, en diferente forma. El documental de Alfaro Vive Carajo tiene ese objetivo. Recordar y reconocer todos los terribles años que pueden ser descritos superficialmente como una época de aparentes cambios, en la que la memoria fue oscurecida para un imposible bien mayor. No hay voces exteriores. La película se desarrolla a partir de la propia experiencia de los protagonistas, y con esta, la memoria toma un papel igual de protagónico. La tranquilidad de épocas pasadas que alguna vez fue evocada, sirve como eclipse de una realidad ominosa.

A lo largo de la cinta dos momentos se inscriben en el espectador: un joven prototipo de AVC que liderado por Arturo Jarrín conoce empíricamente el Ecuador, en sus zonas rurales las cuales son desconocidas todavía para muchos. La consolidación de grupos de estudios universitarios en el que ideas de izquierda eran estudiadas y algunas veces desechadas. Un primer pasaje a la acción en donde todo lo que se estudió se vuelve real, y así se mantiene.

El segundo momento habla de justamente eso que es oculto y  a la vez familiar. Formas de tortura en el que su simple evocación causa un malestar inmediato tanto del espectador como de quién lo cuenta. Un gobierno que desmiente ante pruebas veraces de lo sucedido. El fantasma de otro país que sigue presente hasta nuestros días y la configuración histórica actual que ha conllevado su participación.

El documental de Alfaro Vive Carajo se mantiene a flote por el relato visceral, nostálgico, anecdótico y esperanzador. Los personajes que lo cuentan no son actores, son —más de treinta años después— los mismos jóvenes que una vez se entrenaron con el M-19, huyeron de la represión del gobierno, fueron torturados, tenían convergencias entre su ideología, en fin, una familia en el caos. Reducir la opresión de la época a  justificaciones irracionales, o ganancias secundarias, se diluyen en los primeros minutos de la película. El mismo relato que fascina, impacta y causa risas por la originalidad de sus protagonistas, pierde su ritmo con las escenas que se cuelan y causan confusión en el espectador. Una historia se mezcla con otra y en momentos se llega a preguntar si seguimos en Ecuador o en Colombia, la puntuación de la película es, la mayoría de veces, caótica. La dirección del documental se encuentra frágilmente realizado, así como la edición de la misma; no queda dudas que el público no tiene que sentirse culpable por la confusión de escenarios o protagonistas.

A pesar de la dificultad para mantener la atención en una sola historia, la película cumple parcialmente su cometido como documental: exponer su realidad subjetiva. El final de la cinta muestra el pensamiento Alfarista vivo, así como la convicción de sus miembros de volver a repetir sus experiencias, a pesar de que no sea el mismo río. Ante esta seguridad de mantenerse en pie, surge una pregunta necesaria: ¿Todo acabó o la represión simplemente cambio de forma de expresión?

 

Familias y Chacales (sobre “Beasts of No Nation”, de Cary Fukunaga)

por Alejandro Burbano

El dolor que se carga con la familia. Esa pesadez que se vuelve manifiesta al darnos cuenta que somos todo el pasado; lo que no queremos y al fin somos. En “Beasts of No Nation” el peso de la familia se conjuga con la guerra, teniendo como resultado final una película terrible con las emociones del espectador, en donde el  excesivo metraje resulta imperceptible.

La trama expone la infancia de Agu, un niño que vive con su familia en una zona neutral en un desconocido país en guerra en África. La inocencia de Agu y sus amigos es mostrada en las primeras escenas. La unión de su familia y la comunidad. La voz en off de Agu sigue toda la película, la cual sospechamos es una plegaria hacia otra realidad. La guerra llega a la zona neutral y el pequeño parece perderlo todo. Lleno de terror se adentra en la selva —posible metáfora explotada en “The Thin Red Line” o “Apocalipse Now”— encuentra una guerrilla que lo aprisiona y no desecha la inutilidad de que Agu es un niño.

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Tomada de: cinematographiliac.tumblr.com/post/134980167837/endless-list-of-beautiful-cinematography-beasts

Los objetivos de la guerrilla resultan nimios. El recién llegado Agu experimenta un bautizo para convertirse en un guerrero, y obviamente, solo así ser parte de la familia. Idris Elba en su rol más reciente encarna al Comandante sin nombre de la guerrilla que acoge a Agu, como un hijo y alumno. La unión padre e hijo da una total vuelta de tuerca en la relación incestuosa entre los dos. El poder mostrado al inicio del Comandante, empieza a desmoronarse cuando tiene que seguir órdenes de otros. De alguien que tiene una visión diferente de la guerra ya que está mezclada con política. La rebelión de la guerrilla del Comandante empieza, y así, el caos.

La película logra mantener el ritmo y decae después de una hora y media. Si bien la caída es imperceptible, el espectador es distraído fácilmente por la fotografía y la ternura que se exterioriza cada vez más. Sí, una película anti-bélica. Una escena delirante muestra la irrealidad de la guerra con colores ficticios. El miedo de Agu es no poder ser niño, no poder hacer las “cosas” que hace un niño. Después de la cocaína, ser testigo y participe pasivo de violaciones; se puede volver a esa inocencia? El final es esperanzador, Agu cambia la selva por el mar.

“Beasts of no Nation” es una película que no se debe dejar pasar; la mezcla de inocencia, fotografía y actuación están presentes en toda la cinta. Si bien tiene más peso las escenas violentas, los accesos a una ternura infantil siguen intactos. La disolución de la familia cerca del final de la película, en donde también ocurre un parricidio simbólico de abandono, es uno de los golpes más fuertes para sus miembros. El síndrome de abstinencia, los flashbacks, el no poder encajar en la etiqueta de “niño”; no son más que síntomas ante la disolución de esa difícil, llena de dolor, pero al fin y al cabo, familia.